jueves, 5 de noviembre de 2015

El Desafío de los 30 días. Día 4.

Pregunta 4: Hoy es día para acordarse de esos dioses menores, esos pequeños poderes, tan extraños como desconocidos, cuyas aspiraciones son tan ignotas como son sus avatares. Elige o inventa a uno de esos dioses y descríbelo.

Estamos ya un poco hasta los huevos de congelarnos en esta mierda de cámara secreta. La humedad del lugar es, en fin, de no creerlo. ¿Habéis oído eso que dicen siempre por las poblaciones costeras, eso de que por más que te tapes sigues teniendo frío? Sí, también dicen que los de la meseta somos unos blandos y que si el arroz debe cocinarse en paella, y algunas cosas más, pero en fin, centrémonos en la jodida humedad ésta que está penetrando en nuestros interiores como un gusano en una manzana.
En un costado de la pequeña sala se encuentra el Archimago Bifurkehn limpiando con un trapito el pequeño objeto brillante que se ocultaba aquí de las codicias ajenas. Susurra cosas, está como sudando. Estos magos, cómo son. A su lado, con aire divertido, está Lassar Layam limpiando a su vez sus uñas con una daga arrojadiza. Cuando ve que Bifurkehn se despista, aprovecha para ponerle cuernos con los dedos y para hacer todo tipo de chorradas hilarantes. En lo que a mí respecta, he dedicado una buena media hora a inspeccionar a fondo la cámara encontrando alguna baratija de interés. En concreto, una espada corta de muy buena factura con algo escrito en la hoja y un par de sacos pequeños con monedas de oro; la espada va sin papeles, que siempre viene bien, y el oro… en fin, que declararlo no vamos a declararlo.
Mientras, el Señor Rikkaos está pegado a la puerta secreta; su oído, digo, escuchando el acojonante arrastrarse de los hobbits que siguen buscándonos por el otro lado. Hemos oído gritos de dolor, de esos gritos que penetran dentro de ti aún más que la puta humedad, de los que anidan y no se van, de los que te dejan pensando y causan dolor en el alm...

–Ahí va otro grito –dice el Señor Rikkaos, Señor Kaos para los amigos–. Os digo yo que alguien está practicando el jodido medievo sobre el culo del Mëss O’ Nero.
–Bueno, mejor él que yo –dice Lassar Layam, replegando con reptiliana rapidez la mano que tenía ubicada tras la cabeza del mago–. Si se hubiera quedado junto a los caballos, otro gallo cantaría.
–No, si a mí como si le estén castrando a bocados –prosigue el Señor Kaos–. Sólo hacía mención del hecho, para que conste.
–¿Qué más escuchas? –pregunto yo. 
–Buff. Los hobbits estos no dejan de dar vueltas. parece que no se vayan a ir jamás a sus agujeros a dormir la mona. Creo que nos quedaremos por aquí un tiempito más.
–¿Y el enterrador?
–Ah, de ése ni idea –dice el enano–. Pero supongo que es quien está ejerciendo de cicerone de usos y costumbres locales sobre el cuerpo de Mëss O’ Nero. Desde luego, lo de Kalimá ya no lo canta nadie.
–Kalimá –repito–. ¿Quién cojones es Kalimá?
–El Mago sabrá.
–Eh, Bifurkehn –digo–, deja de susurrarle al jodido anillo y responde. ¿Quién es Kalimá?

El Archimago alza la mirada. Ojeroso, cansado, febril, parece surgir de una especie de atontamiento. Cabecea un par de veces y alarga el anillo hacia Lassar, cuidándose de mantenerlo envuelto por el paño de color púrpura que ha utilizado para limpiarlo. Siempre me he preguntado por qué los magos llevan consigo paños de terciopelo de color púrpura, joder, ¿no venden nada más hortera en el economato de la Academia de Magia, o qué?

–Kalimá… –susurra.
–No empieces tú también como el hobbit enterrador o te vuelvo la cabeza del revés –dice el Señor Kaos desde la puerta.
–Kalimá –dice al fin, asintiendo–. Kalimá es una especie de entidad menor, un poder surgido del inmenso caos primordial que se generó tras mil convulsio...
–¿Entidad…? 

Bifurkehn clava la mirada en mi rostro.

–Entidad menor –dice tras contener el aire durante un par de segundos–. Un dios, cáspita, un dios menor.
–Pues para ser menor, concede a sus acólitos unos rayacos que te cagas.
–El poder de una entidad menor como Kalimá es… incuantificable para hormigas como tú.
–Eso será.
–Pero Kalimá –prosigue Bifurkehn, con un nuevo brillo en los ojos–, ah, Kalimá es un dios de las cosas pequeñas como pocos. Ama a los insectos, a los que horadan, a los que pican e introducen sus larvas en el interior de sus víctimas. Ama a los que licúan inyectando sus propios jugos gástricos bajo la piel de aquellos a quienes devoran. Protege a la pequeña muerte, venga como venga, llegue desde donde llegue. Kalimá, el Devorador. Kalimá, el gran insecto. Kalimá, la Larva que Teje sus...
–O sea, que es un puto escarabajo –dice el Señor Kaos.
–No –dice el Mago, alzándose de hombros–. Es una ladilla.
–Tócate los huevos.
–Precisamente.

Aquí, el prenda. Kalimá. El que pica.
Literalmente, vaya.


–¿Y una ladilla, de quién? –pregunto, más por hacer algo que otra cosa.
–Una ladilla del… –el Archimago traga saliva. Desvía la mirada hacia el anillo, ahora inspeccionado con notable interés por nuestro asesino psicópata preferido–. Una ladilla del Enemigo.
–¿Qué enemigo? –dice el Señor Kaos–. Yo tengo muchos enemigos.
–El Enemigo. Aquel Cuyo Nombre No Debe Ser Pronunciado Aquí.
–Se refiere a Sauron –digo hacia el Señor Kaos.
–Ah, ¿Sauron, Sauron? O sea, ¿el tipo del ojo?
–Ése.

El Señor Kaos se aparta de la puerta, con aire aburrido. Contempla a unos y otros. Se mesa la barba.

–¿Cuántos llegamos a Highdell ayer? –pregunta hacia el Mago.
–¿Cuántos? –Bifurkehn frunce el ceño–. Pues… Tú, Lassar, Stone, Mëss O’ Nero y yo. Cinco.
–Pues por el culo te la hinco –dice el enano–. A ti, y al jodido Sauron. Saurón, Saurón, tócame el cojón. Que sepáis todos que los sectarios me ponen de los nervios, así que vamos a pirarnos de aquí, que ya me duele la ciática de la puta humedad.

Y luego, casi al descuido, lanza una palmada a la cabeza de Lassar Layam, quien en ese preciso instante andaba mordisqueando el anillo con los incisivos.

–Eh –protesta el asesino–. Estaba comprobando la calidad.
–¿Y…?

Y Lassar Layam sonríe con esa boca de lobo que tiene.


–Parece bueno. 

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