domingo, 1 de noviembre de 2015

El Desafío de los 30 Días. Día 1.

 ¿Qué partida, situación, momentazo, te hizo quedarte en plan “¡ostias!”, 
te descubrió el mundo, dijiste “¡Oh!”, flipaste con el giro argumental…



–Imaginaos…
–Ya va éste otra vez.
Contemplo al tipo. Es un medioelfo con cara de haber fumado demasiada hierba de esa baratunga, la de la cuaderna nordeste de la comarca. Carraspeo, suspiro. Arrojo un esputo sobre el suelo de tierra cubierto por serrines aglomerados.
–No, si acabaré por estamparte la jodida… –digo señalando al tipo con el índice mientras hago ademán de levantarme. Pero mi compañero Bifurkehn, el archimago, alza la mano y la posa sobre mis hombros.
–Déjalo –dice, mirando al medioelfo, sin resquemor, sin odio, casi con suficiencia–. Total, va a morir en dos días a causa de una infección bacteriológica.
–¿Una barteroqué…? –dice el medioelfo, súbitamente interesado.
–Oye –murmura solícito el Señor Rikkaos, un enano guerrero con el ánimo siempre encendido y que es el segundo de mis tres colegas de desventuras–, que yo, si queréis, puedo reventarle la azotea al medioelfo en un pispás.
–¿Una bartequero… bartelerelo… qué? 
–Nada –ataja el Archimago Bifurkehn agitando levemente los dedos casi al azar y desperdiciando en el medioelfo su “Consunción con Temporizador Programado” del día. Nadie más en la taberna parece apercibirse del gesto; pero claro, nadie más en la taberna conoce a Bifurkehn como nosotros tres lo conozcemos. Después alza las manos en un gesto teatral–. Prosigue. Hemos venido a este pueblo con un objetivo, y no tenemos toda la noche.
–¿Entonces no le arreo? –insiste el Señor Rikkaos. A menudo le llamamos Señor Kaos a secas. Motivos hay, pero casi que los cuento otro día.
–¿Que no te ha dicho que no? –susurra otra voz desde las sombras. Es el último compañero de la partida, un asesino psicópata llamado Lassar Layam, quien en este momento parece escondido tras una columna mientras fuma como el carretero que es–. Al tontuno éste de las orejas semilargas le quedan dos semidías. Le ha lanzado el yasabesqué...
–Ah –dice el enano, retrepándose en la silla–. Me callo pues.
–Eso, callad de una vez y aire. –El Archimago nos lanza una mirada poco amistosa a los tres–. Aireeee.
–Sí, aire –murmuro– ¿Qué iba yo dic…? Ah, sí. Imaginaos. Me quedé como, o sea, ¡ostias!
–¿Ostias?
–Sí, flipando me quedé. ¡Imaginaos…!
–Es la tercera vez que dice lo de imaginaos.
–Estaba yo y estos...
–Estos y yo –corrige Bifurkehn.
–Como sea –digo, impaciente-. El caso es que estábamos por el norte. Muy muy muy al norte, donde los vikingos y los dragones, ya sabéis.
–Donde los vikingos no hay dragones –dice Lassar Layam–. No hay casi ni vikingos, joder, del frío que hace allí.
–Estoy contextualizando. Sigo. Estábamos por el norte de partida de caza cuando, a lo lejos, o sea, ¿os acordáis? Una figura recortada en la niebla.

¿Un cuervo, un avión, un...?
Espera, que se acerca y verás qué risa.

Los lugareños parecen interesados, Un par de viajeros tuercen el gesto arrimando la oreja. Diría que hasta el tabernero ha dejado un segundo de rebajar botellas de vino con esa mierda roja atroz que saca de un baúl oculto bajo la barra.
–La figura se acerca –digo, bajando el tono de voz–. De repente, en medio de aquella estepa helada el Señor enano Rikkaos levanta la mano y dice, "eh, si es una abuela". Una vieja, señores: talmente como si una voz divina nos hubiera susurrado "se os acerca una vieja. ¿Qué hacéis?". Coño, ¿qué vamos a hacer? Nada. Somos cuatro guerreros especializados, joder. Nos hemos enfrentado con éxito a fuerzas que nos triplicaban en número. Uno de nosotros hasta es capaz de levitar, o de cositas guais como lanzar rayos o, no sé, convertir las plumas de ganso en monedas de cambio… ¿qué más nos da si viene una jodida vieja, dos, o diez?
–¿Y qué tiene eso de "ostras", qué tiene de "qué flipante"? –dice el medioelfo, con evidentes ganas de llevarse una doblada en todo lo alto.
–De Ostras no, de "ostias" –digo–. Porque la vieja se acerca, se acerca. Se acerca. Se acerca. Y cuando ya casi podemos verle la cara, la voz esa omnipotente nos susurra "Es una vieja, en efecto. Pero una vieja troll".
–Joputa.
–Y tanto –corroboro–. La vieja era vieja, seguro que tenía hasta nietos, pero también era un troll que abultaba como dos metros de largo por otros dos de ancho. Nos quedamos todos ojipláticos. ¿Una vieja Troll? ¿Una jodida abuela de dos putos metros y medio de…?
–¿Y qué pasó? –pregunta el tabernero desde la barra, ya sin tratar de aparentar que está haciendo algo en lugar de escuchar.
–¿Qué va a pasar?, que nos retiramos a todo correr mientras la jodida vieja troll nos daba la del pulpo, ris-ras, ris-ras. Qué leches daba la hijaputa. Y de verdad os digo que los dioses son un poco cabrones.
–¿Por qué cabrones?
–Porque mientras me retiraba como si hubiera un balrog detrás de mi culo volví a escuchar aquella voz en mi interior. Y la voz divina se reía, mientras gritaba algo como "Juas, se me olvidó mencionar el detallito de su raza…".
–Pues no le veo la gracia –dice de repente el medioelfo, como despreciando el asunto como quien no quiere la cosa–. Vaya mierda de historia.

Y amigo, con el jodido día que he pasado eso es ya demasiado, pienso mientras me levanto, extraigo una jarra de hierro de mi jergón plegado que utilizo como transportín durante los días, y me dirijo al encuentro del medioelfo. 



O, al menos, a acompañar a la barra en su camino hasta la cara y los dientes del puñetero medioelfo.  

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